Kafka y la muñeca viajera

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En 1923, en Berlín, Franz Kafka solía ir a un parque, el Steglitz, que todavía existe. Un día encontró a una niñita llorando, porque había perdido su muñeca. Kafka inventó una historia: la muñeca no estaba perdida, solo se había ido de viaje para conocer el mundo. Desde ese momento, él se convirtió en el cartero de muñecas y, por casi tres semanas, se dedicó a escribir las cartas que supuestamente la muñeca le enviaba a su dueña. Fue la forma que Kafka consideró mejor para ayudar a la niña a superar la pérdida de su muñeca. Dora, la pareja del autor de «La metamorfosis», contó este pasaje de su vida, que se apagó un mes después de entregar la última carta. Nunca encontraron ni las cartas ni a la niña.

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